23 febrero, 2010

11 febrero, 2010

Por qué "dejé" el trabajo...

Cuando digo que he "dejado" el trabajo, es difícil vocalizar las comillas. Por eso, cuando la gente me responde con una mirada sorprendida en la que se lee la frase "¡pero si estamos en crisis!" tengo que apresurarme a explicar que, bueno, lo "dejé" porque no tenía otra opción, porque no me querían allí y porque estaban haciendo todo lo posible para que me fuera.

Era un trabajo que me gustaba, responsable de proyectos en una empresa consultora de urbanismo y transportes, donde habíamos conseguido formar un equipo funcional bastante bueno de unas 10 personas, y donde se podía trabajar con tranquilidad, siempre asumiendo las responsabilidades que van con el puesto de trabajo. Tenía la suerte de contar, además, con la confianza de mi jefe, que en el verano de 2008 llegó a ofrecerme acciones de la empresa, en el primer reparto de este tipo que iba a realizarse.

El ambiente y mis circunstancias empezaron a cambiar, para mal, a raíz de un desencuentro con la gerente por la manera de contabilizar las horas de los viajes. De aquella, me retiraron la oferta de acciones, por no tener suficiente espíritu empresarial. A pesar de esto, continué en la empresa (¡gran error!) porque empezaba un proyecto que me interesaba mucho, y que iba a coordinar desde "nuestro" lado de la UTE.

Con el paso de los meses, el ambiente empeoró al reincorporarse al puesto de trabajo una de las empleadas más antiguas de la empresa. Se decidió, usando las acciones como punto de apoyo, que era necesario imponer un organigrama que dejara claro quiénes eran los coordinadores de las áreas y quienes, simplemente, jefes de proyecto. Lamentable, se les olvidó contárnoslo y seguimos trabajando como hasta ese momento, con nuestro equipo de trabajo montado y funcionando.

De algún modo, que aún no termino de entender, se llegó a la conclusión de que yo estaba instigando una supuesta rebelión para aglutinar a mis compañeros en torno mío y dejar a la "coordinadora" fuera de los proyectos. Una coordinadora que no era mi jefa, dicho sea de paso. El círculo se fue abriendo para incluir a otros dos compañeros, acusándonos incluso de utilizar a personas externas a la empresa para humillar a esta "coordinadora". Toda esta serie de absurdos terminó en una sanción verbal por escrito que es pura poesía española del XXI: se nos sancionó por "poner malas caras", y se nos quitaron responsabilidades en los proyectos que llevábamos.

Aunque probablemente hubiéramos ganado el juicio, confiamos en nuestro jefe, que en todo esto ha actuado empujado por las circunstancias y sus ejecutoras, y lo dejamos estar con la promesa de que él intentaría retirar la sanción después del verano. Pero lejos de calmarse, los ánimos cada día estaban más encendidos, y nos encontrábamos con situaciones que rozaban el mobbing: cambios en la disposición de los puestos de trabajo, fiscalización de horarios por el personal administrativo, ocultación de información básica para el desarrollo de los proyectos, no-asignación de tareas, y un largo etcétera, salpicado de acusaciones y recriminaciones por "no arreglar las cosas".

Todo esto concluyó con que después del verano, allí no quería seguir nadie. Uno de mis compañeros ya se había "ido" en junio, y los dos que quedábamos decidimos que así no podíamos seguir trabajando. Hablamos con nuestro jefe, y negociamos la salida: sería un despido improcedente (con todo lo que conlleva) y nosotros nos comprometíamos a terminar los proyectos que teníamos en marcha.

Y aquí ando. Desde el 1 de noviembre, en paro. Aproveché para irme a Oxford un mes a reforzar el inglés y para operarme de la hernia de hiato que, aunque la tenía de antes, empeoró sustancialmente en estos últimos meses, y ya estaba con medicación diaria.

De todo esto he sacado varias cosas en claro. Para empezar, la experiencia vital de haberme visto en una situación extrema. La próxima, esto no me pasa. También el convencimiento de no fiarme de nadie. Se termina un poco más cínica, pero... Y, además, la certeza de que las empresas son y serán eso, empresas. Aunque, bueno, no me puedo olvidar de algo bueno: los 12 kg que he perdido, así, sin hacer dieta. ¿Alguien quiere probar? ;)

27 enero, 2010

España y su falta de política territorial (coherente)

Asisto con estupor estos últimos días a algo fascinante: la "subasta" de un cementerio nuclear entre diferentes municipios españoles. Los alcaldes salen orgullosos en la foto proclamando su candidatura a acoger en su término municipal la instalación nuclear, como Gallardón en pos de las Olimpiadas.

Y aquí tengo que hacer una aclaración: he sido incapaz de leer nada al respecto en la web del Ministerio de Industria, así que mi opinión al respecto está basada exclusivamente en la información aparecida en la prensa. Tampoco voy a entrar en consideraciones sobre si energía nuclear sí o no. Esto va de planificación territorial, que es lo mío.

Ya desde el principio, el método elegido está viciado: los Ayuntamientos se tienen que postular para acoger el cementerio nuclear. Para infraestructuras mucho menos discutidas existen estudios. Simplemente, un estudio de localización idónea. Hablo de infraestructuras como autovías, presas, centros logísticos. Sin embargo, nadie desde el Ministerio de Industria ha dicho nada acerca de dónde estaría la ubicación ideal de este cementerio. Nunca he estudiado nada relacionado con residuos nucleares, pero se me ocurren tres razones de carácter logístico básico que habría que tener en cuenta antes de decidir una ubicación:
  • ¿Desde dónde hay que transportar los residuos? Parece lógico no alejar el cementerio del punto de generación del material.
  • ¿Qué infraestructuras existen actualmente para el traslado de dichos residuos? El interés general es construir las infraestructuras apropiadas, por lo que habría que utilizar las existentes.
  • ¿Qué medidas de protección de riesgos deben existir? Como en el caso de las infraestructuras, parece lógico que se aprovechen los medios humanos y materiales ya existentes.


Yéndonos al caso extremo, ¿y si sólo se postula el Ayuntamiento de Las Palmas Gran Canaria? Actualmente, sólo existen centrales nucleares en la Península. Parece obvio que no sería factible. Entonces, ¿por qué se asume que cualquier punto de la geografía española lo es? Basándonos sólo en el criterio de los ayuntamientos que, reconozcámoslo, no son técnicos de nada en la gran mayoría de los casos.

Como cualquier infraestructura de incidencia en todo el territorio nacional, parece razonable pensar que la ubicación de la misma tendría que partir de un estudio previo que diferenciase una serie de zonas en la península donde podría estar situado el cementerio. Y una vez señaladas las zonas, habría que preguntar a los Ayuntamientos, las Provincias y las Comunidades Autónomas. Pero es que éste es el procedimiento establecido para cualquier otra infraestructura, y aunque tiene sus ventajas y sus incovenientes, funciona razonablemente bien. ¿Por qué en este caso están intentando reinventar la rueda?

Y por otra parte, yo me pregunto por los municipios que circunvalan a Ascó, Yebra o Villar de Cañas. ¿Por qué no se presentan ellos también? El mayor riesgo de un cementerio nuclear es la posibilidad de un accidente, y, en caso de producirse, la radiación no entiende de fronteras entre términos municipales.

En fin, una muestra más del desmadre que supone la no-política territorial del Gobierno de España, basada en entidades extremadamente rígidas como las Comunidades o los Ayuntamientos, que siempre, siempre, miran en su propio interés. Y mientras, los distintos Gobiernos que hemos tenido, mirando a la luna. O eso parece.