23 marzo, 2015

Días de crepes y amor

La carraquita de Renfe y nosotros
Murcia era el primer destino que Adri y yo teníamos previsto para 2015, tras volver de nuestras largas vacaciones en Watford. Se escapó un viaje a Barcelona por medio, aprovechando que teníamos que ir por trabajo. El plan original era ir con las bicis y hacer alguna ruta, aprovechando que Murcia es plana (hola, yami) y que suele hacer buen tiempo. Al final, alerta spoiler, ni nos llevamos las bicis ni ha hecho buen tiempo. Lo primero, porque logísticamente era complicadísimo trasladar las bicis: teníamos que llevarlas a la oficina y luego ir en bici a Atocha porque no nos dejan meterlas en ningún medio de transporte; para Adri hubiera sido sencillo porque trabaja al lado, para mí, una odisea desde San Blas. Así que decidimos alquilar allí. Pero al final el tiempo no ha acompañado y hemos hecho poca bici pero muchas otras cosas.

El miércoles nos plantamos en Murcia tarde… tanto en hora como en horario, que el Altaria (que Migue definió como “una carraquita de Renfe”) llegó con 20 minutos de retraso. Aparecimos en casa de Bego, nuestra anfitriona, cuando ya era jueves, pidiendo cama y descanso con urgencia.

El jueves amaneció tormentoso: lluvia, viento, nubes. Eso sí, Bego nos había preparado unos crepes estupendos que devoramos rellenos de nutella… Evidentemente, ya habíamos descartado las bicis. En su lugar, habíamos confirmado nuestra disposición a que los padres de Pablo nos hicieran caldero murciano para comer. Todo muy típico, en una zona inmensa de huerta, llena de naranjos y limoneros; los abuelos de Pablo habían sido los aguadores del pueblo, y la parcela conserva todavía algo de la maquinaria antigua de extracción de aguas. De hecho, como ha sido históricamente un punto importante, tienen hasta parada de autobús en la puerta. Antes de la comida nos dio tiempo a un pequeño paseo por el campo aprovechando que no llovía. Bego nos llevó a lo alto del monte por el “camino para adultos”, excursión que se zanjó con un vendaval en la cima del montecito y una caída por mi parte al bajar del bancal, no haya viaje sin que Marta se caiga.

El caldero estaba exquisito. Estaba hecho con un pescado que yo no conocía, llamado mújol, un pescado blanco muy suave y muy sabroso, que parece ser que es típico de allí. Inauguramos así el puente de comer de manera superlativa, con postre a base de melón, tarta de manzana y buñuelos de viento. La siesta era obligatoria después de semejante comilona, aunque no sin antes recoger naranjas y limones de la huerta. Creo que jamás he probado unas naranjas y unos limones tan fragantes; a Madrid nos llegan ya frigorizados mil veces.

Esa noche decidimos ir a ver el final-final-ahora-sí-director cut de Blade Runner, que acaban de estrenar en cines, en versión original. ¡Y nos fuimos en tranvía! Un servicio que está como sin terminar, sirviendo sólo a dos barrios de la ciudad y sin pasar por el centro, pero muy majo. Eso sí, frecuencias de media hora, luego dirán que no se usa y se preguntarán por qué… Blade Runner termina igual y los androides siguen soñando con ovejas eléctricas, aunque la película no lo diga. Cenamos por allí con Pedro, que se nos había unido para el plan cinéfilo, y hablamos de política y de España y de en qué se está convirtiendo este país.

El viernes volvió a amanecer lloviendo y nos entró una pereza absoluta que se saldó con un desayuno que parecía un brunch a base de huevos, bacon, ensalada caprese, café y mucha conversación. No recuerdo en qué momento dejamos de desayunar y nos pusimos a comer musaka, la verdad. Bici no, pero comer nos hemos comido Murcia. Siesta, cómo no, y al museo de la Ciencia y del Agua, llamado así porque el agua no es ciencia, claramente. Pequeño fail, aparecimos a las 18.30 y cerraban a las 19, así que los niños de Bego pisaron unos charcos por allí (nada científico pero muy gratificante para ellos) y nos volvimos a casa que teníamos cena de cumpleaños de Txema. De camino, nos encontramos de nuevo con Pedro que se nos unió ya y cuando íbamos a comernos unos helados, nos desviamos hacia una quesería y terminamos comprando unos quesos deliciosos para la cena. La maquinaría se puso en marcha con la llegada de Txema a casa de Bego y la casa empezó a oler a aderezo de hamburguesa (más bacon, cebolla, tomate…) y quesos y jamón ibérico. Vinos de la tierra, del que me quedo especialmente con el llamado Infiltrado. En serio, fue una gochada deliciosa de cena cuyo postre fueron unos cubatas hechos con limones de la huerta. Como hay que saber retirarse con elegancia, como bien dijo Pedro, nos acostamos a eso de la 1 sin estar apenas borrachos.

¡Bici! (Foto de Bego)
¡Y por fin llegó el sol! El sábado amaneció radiante y, tras desayunar de manera contundente, decidimos ir a alquilar una bici (la otra nos la dejó amablemente Pedro) e irnos a de ruta junto al río Segura. La logística de niños y trastos siempre es complicada, pero habiéndonos levantado con tranquilidad casi a las 10, a las 12.30 estábamos pedaleando río arriba.  Un carril bici nuevo pero que parece un pelín escaso para la cantidad de gente que había en un día festivo. Un par de veces estuvo a punto de atropellarnos algún motivado con ganas de correr por una zona con niños.

Pero hacía buen día, y nos apetecía comer en el campo, así que de camino a “Casa Paco”, en el Malecón, nos encontramos con un sitio llamado “Los Pájaros – Ateneo Huertano” con un patio lleno de mesas al sol y una pinta estupenda para quedarnos a hacer la fotosíntesis. Bonus track: el sitio parece ser el punto de encuentro del grupo poliamor de Murcia y Alicante y esa tarde había una charla. No nos quedamos, pero.


Comimos estupendamente, destacando la respuesta de Bego a la pregunta “¿Queréis café?”: “Café no, pero otro trozo de tarta de queso sí me comería”. Los niños estaban agotados y se habían quedado dormidos encima de la mesa, así que decidimos que era el momento de volver a Murcia. Además, empezaba a tronar de nuevo.

Como era sábado Bego nos propuso ir a una actividad llamada “Tardeo”: un café reconvertido en disco bar de 4 a 10 de la noche. A pesar de la siesta, llegamos al Tardeo del Kennedy a eso de las 8 y estaba de bote en bote. Un ambiente genial, la verdad, y una idea que me pareció espléndida: te tomas unas copas, te vas a cenar y a la cama temprano. Nos recibió Belén, la organizadora del evento, que nos contó que está funcionando verdaderamente bien, y que en cuanto termina la fiesta a las 10 reconvierten el sitio en café y aquí no ha pasado nada. La verdad es que a las 9 y media la gente empezaba a irse a cenar y nosotros hicimos lo mismo: ¡sushi! En un japonés al que nos llevó Bego que estaba todo exquisito. Seriously, qué niguiri de atún con foie flambeado. Lo demás estaba muy bueno, pero ese niguiri era para enmarcarlo. De hecho, repetimos. Y luego nos fuimos a buscar el helado que no nos habíamos comido el viernes y que tampoco nos comimos el sábado pero al que sustituí por un crepe de nutella, porque nunca se ha comido suficiente nutella. Vueltecita por los bares y a casa, que nos esperaba la cama y el viaje.


El domingo fue día de desayunar crepes (sí, qué pasa), recoger, despedirnos y volver a Madrid. La carraquita de renfe no se retrasó en su llegada a Madrid, aunque venía tarde de Cartagena. Salimos de Murcia lloviendo y llegamos a un Madrid nublado y un poco triste.

Tanto Adri como yo nos volvemos con muy buenas sensaciones, pero eso nos lo quedamos para nosotros. Volveremos a Murcia.