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07 julio, 2006

El tabaco y yo, o las razones de una intolerancia

En este mundo en el que prima la imagen por encima de todo, está muy mal visto decir que se es intolerante, a no ser que dicha intolerancia sea a la leche, al gluten o a la mayonesa.

Lamentablemente, y perdóneme la concurrencia, yo hace tiempo que me declaré intolerante al tabaco. No está diagnosticado por ningún médico, pero ahí está, entre las cosas que componen el paquete de mis circunstancias.

Como todo intolerante, he procurado buscar el modo de solucionarlo. Pero es una intolerancia compleja, puesto que aunque nunca he sido fumadora, me afecta el tabaquismo de los demás; totalmente atípico, lo sé, pero es que un celíaco lo tiene mucho más fácil: cuando otra persona se come una galleta delante de él, la mayor parte de las veces no se le ocurre escupirle migas a la boca.

Puesto que la causa de la intolerancia no ha podido ser atajada de raiz, dada la muy floja ley del Ministerio de Sanidad, he intentado buscar su razón última. Me he preguntado, ¿por qué no consigo asimilar la adición al tabaco si puedo asumir la adición a la cocaína o a la heroína? La conclusión tardó en llegar, pero ya me parece clara: no entiendo la adición al tabaco, pero si las otras.

Me explicaré. La decisión de fumar el primer cigarro, así como la de meterse la primera raya de cocaína o de heroína, o la primera pastilla, es personal y consciente. Sin embargo, la primera reacción de nuestro cuerpo es totalmente distinta: mientras que en el 99% de las veces, el tabaco hace toser la primera vez que se fuma creando una molesta sensación de espasmos leves, la cocaína o la heroína suelen provocar una sensación placentera ya sea de tranquilidad, adrenalínica o de cualquier otro tipo.

Por tanto, la clave está en el segundo cigarrillo o en la segunda raya. Cuando se fuma el segundo cigarrillo ya se tiene la experiencia del primero, nada agradable. Entonces, ¿por qué se hace? Sin embargo, la segunda raya va precedida de la agradable sensación de la primera, por lo que en principio es totalmente comprensible. Evidentemente, la reflexión va encaminada al razonamiento puramente visceral, y no al lógico.

Por tanto, mi intolerancia al tabaquismo radica en la incomprensión que siento hacia la decisión primera, que no siento ante las denominadas drogas duras.

En breve, nos mudamos a un nuevo piso, en el que seguiré mi política de fumar únicamente fuera... me podrán obligar a fumar en cualquier bar (ya tenga más de 100m2 o no), pero desde luego, no en mi casa.