06 agosto, 2005

Un año


Hace hoy, 6 de agosto, un año que me hicieron un gran regalo: Rayuela, de Julio Cortázar. Desde ese día, se ha convertido en uno de esos libros básicos, a pesar de sólo haberlo leído una vez entero... pero releo fragmentos asiduamente, y procuro tenerlo siempre en casa. Por eso no lo presto: lo regalo. Si lo prestara, estaría esperando la devolución y me faltaría demasiado tiempo. Al regalarlo, me apresuro a comprar otro.


Lamentablemente, aquel primer ejemplar, digamos que lo perdí (éste sí que no lo regalé)... aunque espero que quizá algún día vuelva. Fue sustituido al poco tiempo por el ejemplar de Cátedra, con un fallo de edición gordísimo, todo sea dicho. Aprovecho para reseñarlo, por si alguien lo quiere leer: hay un pie de página, el de la página 547 capítulo 74, que te puede estropear el libro. La explicación es fácil, este pie de página desvela un acontecimiento acaecido en el capítulo 28, lo cual no sería problema si Rayuela se leyera en un orden convencional. Pero la rayuela hay que saltarla para conseguir llegar al cielo, y la lectura hay que hacerla según un tablero de direcciones, incluido en el principio del libro. El capítulo 74 forma parte de la sección del libro que Cortázar titula Capítulos prescindibles, aunque yo esté muy poco de acuerdo con esa denominación, y se lee de los primeros, mucho antes que el capítulo 28.

En fin, que yo venía a celebrar un aniversario, no a hablar de la edición de Andrés Amorós. Realmente es un aniversario triste y melancólico. Por muchas cosas, entre ellas, la más importante sería la de que no podré volver a descubrir Rayuela nunca. No podré volver a descubrir a La Maga, a Traveler y Talita, a los miembros tan especiales del Club de la Serpiente, y a Horacio Oliveira (u Holiveira, quién sabe), tan cínico y tan perdido, con Gekrepten, madame Trépat, Rocamadour... Me queda el consuelo de que cada vez que lo leo, descubro algo. Algo que se me pasó en aquella primera lectura que acabó a finales de agosto del año pasado, algo de esa maestría que tiene Cortázar con las palabras, esas hidromurias que caían, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes.

Había oído hablar de Rayuela hacía mucho tiempo, pero lo primero que leí del libro fue uno de esos capítulos prescindibles (ejem) que me envió Nasar por email en mayo de 2004. Era un fragmento (casi entero, vaya) del capítulo 143. Quizá es un poco largo, pero aquí os lo dejo...
Por la mañana, obstinados todavía en la duermevela que el chirrido horripilante del despertador no alcanzaba a cambiarles por la filosa vigilia, se contaban fielmente los sueños de la noche. Cabeza contra cabeza, acariciándose, confundiendo las piernas y las manos, se esforzaban por traducir con palabras del mundo de fuera todo lo que habían vivido en las horas de tiniebla. A Traveler, un amigo de juventud de Oliveira, lo fascinaban los sueños de Talita, su boca crispada o sonriente según el relato, los gestos y exclamaciones con que lo acentuaba, sus ingenuas conjeturas sobre la razón y el sentido de sus sueños. Después le tocaba a él contar los suyos, y a veces a mitad de un relato sus manos empezaban a acariciarse y pasaban de los sueños al amor, se dormían de nuevo, llegaban tarde a todas partes.

Oyendo a Talita, su voz un poco pegajosa de sueño, mirando su pelo derramado en la almohada, Traveler se asombraba de que todo eso pudiera ser así. Estiraba un dedo, tocaba la sien, la frente de Talita. ("Y entonces mi hermana era mi tía Irene, pero no estoy segura"), comprobaba la barrera a tan pocos centímetros de su propia cabeza ("Y yo estaba desnudo en un pajonal y veía el río lívido que subía, una ola gigantesca..."). Habían dormido con las cabezas tocándose y ahí, en esa inmediatez física, en la coincidencia casi total de las actitudes, las posiciones, el aliento, la misma habitación, la misma almohada, la misma oscuridad, el mismo tictac, los mismos estímulos de la calle y la ciudad, las mismas radiaciones magnéticas, la misma marca de café, la misma conjunción estelar, la misma noche para los dos, ahí estrechamente abrazados, habían soñado sueños distintos, habían vivido aventuras disímiles, el uno había sonreído mientras la otra huía aterrada, el uno había vuelto a rendir un examen de álgebra mientras la otra llegaba a una ciudad de piedras blandas.

En el recuento matinal Talita ponía placer o congoja, pero Traveler se obstinaba secretamente en buscar las correspondencias. ¿Cómo era posible que la compañía diurna desembocara inevitablemente en ese divorcio, esa soledad inadmisible del soñante ? A veces su imagen formaba parte de los sueños de Talita, o la imagen de Talita compartía el horror de una pesadilla de Traveler. Pero ellos no lo sabían, era necesario que el otro lo contara al despertar: "Entonces vos me agarrabas de la mano y me decías..." Y Traveler descubría que mientras en el sueño de Talita él le había agarrado la mano y le había hablado, en su propio sueño estaba acostado con la mejor amiga de Talita o hablando con el director del circo "Las Estrellas" o nadando en Mar del Plata. La presencia de su fantasma en el sueño ajeno lo rebajaba a un mero material de trabajo, sin prevalencia alguna sobre los maniquíes, las ciudades desconocidas, las estaciones de ferrocarril, las escalinatas, toda la utilería de los simulacros nocturnos. Unido a Talita, envolviéndole la cara y la cabeza con los dedos y los labios, Traveler sentía la barrera infranqueable, la distancia vertiginosa que ni el amor podía salvar. Durante mucho tiempo esperó un milagro, que el sueño que Talita iba a contarle por la mañana fuese también lo que él había soñado. Lo esperó, lo incitó, lo provocó apelando a todas las analogías posibles, buscando semejanzas que bruscamente lo llevaran a un reconocimiento. Sólo una vez, sin que Talita le diera la menor importancia, soñaron sueños análogos. Talita habló de un hotel al que iban ella y su madre y al que había que entrar llevando cada cual su silla. Traveler recordó entonces su sueño: un hotel sin baños, que lo obligaba a cruzar una estación de ferrocarril con una toalla para ir a bañarse a algún lugar impreciso. Se lo dijo: "Casi soñamos el mismo sueño, estábamos en un hotel sin sillas y sin baños." Talita se rió divertida, ya era hora de levantarse, una vergüenza ser tan haraganes.

Traveler siguió confiando y esperando cada vez menos. Los sueños volvieron, cada uno por su lado. Las cabezas dormían tocándose y en cada una se alzaba el telón sobre un escenario diferente. Traveler pensó irónicamente que parecían los cines contiguos de la calle Lavalle, y alejó del todo su esperanza. No tenía ninguna fe en que ocurriera lo que deseaba, y sabía que sin fe no ocurriría. Sabía que sin fe no ocurre nada de lo que debería ocurrir, y con fe casi siempre tampoco.


Todavía no os he contado que tengo una gatita nueva, de poco más de 3 meses, que me hace compañía en Madrid. Se llama Talita, en honor de esta Talita soñadora, que con Traveler iba a por Horacio al puerto con el gato calculista del circo metido en una canasta.

10 comentarios:

Txapulín dijo...

He tenido ese libro en las manos, y precisamente aquí, en Budapest, en un piso de estudiantes donde los dueños habían dejado toda la biblioteca a merced de los irrespetuosos inquilinos, había literatura inglesa, húngara y e hispana, precisamene porque los dueños son profesores de literatura en la universidad. Ahí fue donde tomé prestado el Don Juan Tenorio que me leí en dos días.

Cuando hojeé Rayuela me fijé en eso, que se debía leer en desorden, com la colección esa de "Elige tu propia aventura", pero en un orden previsto de antemano por el propio autor.

Mi pregunta es ¿por qué? ¿Tiene una razón de ser o simplemente es una ida de olla de Cortázar? ¿Sirve para mejorar el contenido? ¿Es posible leerse el libro en orden normal, o en otro orden?

Níniel Nielisse dijo...

Tiene una razón de ser. Por una parte, el juego de la rayuela (el que aparece en la portada de la edición de Cátedra) se juega, precisamente, saltando. Ya sabes, ese que se pinta en el suelo con tiza, y tiene números dentro, se tira una piedrecita y se salta según el número en el que haya caído. Ese juego en Argentina se llama rayuela... aquí no lo sé. Por eso vas saltando de un capítulo a otro.

Por otra parte, la historia que cuenta este libro se puede leer de manera *convencional* de los capítulos del 1 al 56. La historia, tal cual, es la misma. Sin embargo, a partir del capítulo 57 y hasta el
155 son los que Cortázar llama prescindibles. En el orden de lectura están insertados dentro de los otros capítulos, que siguen yendo en el mismo orden. Es decir, la primera línea del tablero de dirección es:
73-1-2-116-3-84-4-71-5-81-74-6-7-8-93-68

Los capítulos que cuentan la historia en sí siguen en su orden normal. Los capítulos prescindibles aportan mucha más riqueza a la obra, dan más datos, y probablemente se comprenda mejor todo.

Se puede leer en el orden convencional e ignorar los capítulos prescindibles, pero eso hará que te pierdas joyas como el capítulo 68 o el 143...

Txapulín dijo...

Entonces es una mezcla de ambas cosas. Del 1 al 56 están puestos en orden, porque se leen en orden, en realidad, aunque con "capítulos complementarios" entremedio. Lo que veo es que el orden a partir del 57 es una ida de olla del autor... Está bien, oiga, ya me ha picado el gusanillo ;)

Anónimo dijo...

Y hace algunos meses alguien me regaló Rayuela ^^ aunque sigue en la cola de espera ;)

LatinLose

Níniel Nielisse dijo...

Txapu, no sé si es una ida de olla. De Rayuela se ha dicho que: "En Rayuela, Cortázar se enfrenta al problema de expresar en forma novelada los grandes interrogantes que los filósofos se plantean en términos metafísicos. Se trata de representar el absurdo, el caos y el problema existencial mediante una técnica nueva."

No sé si esto ayuda o no, pero en fin. La técnica es nueva y el orden de los capítulos prescindibles es marcadamente aleatorio. Se trata, únicamente de ir saltando. Cuando lo leas, ya me dirás ;)

Lat... ¡que te lo regalé en abril o así! :P

Anónimo dijo...

Marta, el juego aquí se llama "truquemé" (al menos en el norte)

Mm... y veo, en este post, que en otros sitios recibe nombres como 'trúcamelo', 'rayo', 'avión', 'teje', 'calderón', 'cernícalo', 'cielo', 'lima' 'lunes', 'tejo', 'xarranca', 'sambori'... ¡Buf! Y montones más :D

_Rayuela_ es uno de los libros que tengo a la espera para leer en algún momento. Qué gran placer el de saber que me quedan libros tan buenos por descubrir :D

Thera dijo...

Otro nombre, en asturias es el cascayo o cascayu.
;)
Hala, Eleder, más trabajo para tí filólogo XD.
¿a qué se debe esa variedad tremenda de nombres para un juego tan sencillo?¿tienen al menos todos los nombres (cada uno en su dialecto) un significado común?
Marta, a mí me regalaron el libro hace tiempo, pero me resultó muy pesado y no pude leerlo...
Tal vez sea una lástima.

Txapulín dijo...

En Catalunya es la xarranca. Si hubiera una traducción al catalán tendría ese título ;).

Bueno, si se quiere representar el caos, acepto barco como no ida de olla ;).

Eleder dijo...

Parece que no, Thera (¡cuánto tiempo, por cierto! ¿Te vemos en Gondolin?). Algunos de los nombres hacen referencia a la supuesta forma de la figura de tiza (avión), a lo que se utiliza para arrojar (tejo), a su supuesta significación mística (cielo)...

Aquí hay un estudio sobre este juego en Chile, intentando ver su origen también... pero me parece que ni idea :D

Níniel Nielisse dijo...

Jes... Rayuela es un gran libro, en mi opinión. Pero mira Thera, opina que es aburrido. Realmente es un libro duro de leer, está enmarcado en algún tipo de vanguardia y algunas veces te sientes algo perdido.

No tengo ni idea de cómo llamaba yo a ese juego de pequeña... pero sí que he jugado muchas veces.

Evidentemente, mi recomendación es leerlo. Hacer un esfuerzo por superar esa apariencia de libro pesado y aburrido que puede llegar a dar. El resultado merece la pena, y un día decides que vas a formar tu propio Club de la Serpiente y vas a leer a Morelli ;) O que te vas a buscar un Horacio, que con su cinismo te alegre la vida.

Quién sabe.