03 enero, 2015

[London Christmas] Cuarta crónica: left-side driving.

Hubo Salmón Wellington y, lo más importante, no nos sentó mal. Cierto que quedó un poco soso pero creo que fue porque no le eché suficientes historias. Entendedme, me da que confundí 1 tbs con 1 Tps pero es por la manía que tienen estos de medir cosas con cucharas distintas. 



Lo que fue un poco depresivo fue comparar el programa de Nochevieja de TVE con el de la BBC: Ramonchu con su capa y dos millones de anuncios vs un concierto de Queen y 10 minutos de unos fuegos artificiales brutales a la orilla del Támesis. Pero celebramos el año nuevo día veces, y comimos 12 cosas a las 12 de España y brindamos con la cuenta atrás a las 12 de UK, que es lo que importa.


Al día siguiente teníamos un plan y pocos trenes: ir a ver la New Year's Parade de Londres, que empezaba a las 12 del mediodía en Green Park. Hubo que poner el despertador por primera vez en 2 semanas (DRAMA), pero a las 10.29 estábamos cogiendo en tren en el andén correcto, Eme incluida. Como hacía una rasca de ir los grajos por los túneles del metro, íbamos forrados de ropa y Eme con su impermeable.



No la vimos entera, ya os lo adelanto, porque nos colocamos al lado de Picadilly a las 11.30 y a las 13 estábamos a punto de morir mitad de frío, mitad de desconcierto. Y es que la cabalgata es RARA. No tiene una temática ni un hilo argumental aparente más allá de "gente y cosas que desfilan". El primer grupo era una banda de música con majorettes de una High School de Texas, seguido por un grupo de coches de caballo vestidos como si acabaran de salir del rodaje de Downton Abbey. Y así todo: Transport for London sacando autobuses antiguos salpicados entre grupos, más majorettes yanquis, restos de los juegos olímpicos Londres 2012 (y lo ponía así), una carroza de un circo, un grupo de una escuela de baile local, representación de algún distrito en forma de coche con carteles impresos... Desconcertante.

Así que entre el frío, la heterogeneidad y la gente (teníamos al típico niño cabrón que se te pone detrás con su abuelo y al final, no se sabe cómo, terminan los dos en primera fila a base de dar codazos), decidimos que la 1 era una buena hora de irse a comer en algún pub caliente. La jugada de Camden no nos funcionó y no tuvimos éxito con restaurantes dogs friendly; la mitad estaban cerrados, probablemente recogiendo los restos de la fiesta de la noche anterior. En un sitio que estaba abierto y que ponía en la web que aceptaban perros nos pusieron mala cara y ya tienen una crítica negativa en yelp, ea.

No vimos nada claro lo de comer en Londres y...
- Nada, hacemos unos espaguetis con pesto en casa. ¿A qué hora sale el siguiente tren, Adri?
- En 20 minutos, pero Google Maps dice que tardamos 25 en llegar. El siguiente en 40.
- ¿Cómo vamos a tardar 25 minutos en llegar, si estamos AL LADO? Google, que es muy conservador.
- Vamos a intentarlo.
Y llegamos, después de hacer el último tramo corriendo. El tren salió 30 segundos después de que nos hubiéramos subido asfixiados de calor (recordatorio: íbamos forrados de ropa).

El viernes teníamos alquilado un coche, que, evidentemente, está mal hecho y tiene el volante en el lado del copiloto. Los británicos, que son muy así. Yo me levanté esa mañana con una idea en la cabeza: teníamos que coger el seguro a todo riesgo. Que nunca pasa nada, pero que jamás habíamos conducido por ese lado y era fácil llevarse el retrovisor con una columna. Lo cogió Adri, ya que el alquiler estaba a su nombre y nos vinimos hacia Church Road a por Eme. Digamos que tuvo un rato de conducción urbana que fue muy divertido de ver aunque dudo que él lo pasara también. Se hace raro, yo iba sentada en el sitio donde voy normalmente conduciendo. Pero al final te haces, sólo una vez intentó irse al "carril correcto" (según nosotros).


El destino era Cambridge. Quedaba teóricamente cerca, a poco más de una hora. Buscamos un parking que no fuera carísimo en la web de turismo y que no estuviera donde Cristo perdió el gorro... el GPS nos llevó por algunas calles interesantes de conducir, pero lo que no nos había dicho es que el parking iba a estar con el de Sevilla un sábado por la noche. Sí, tuvimos que hacer cola para entrar. Eme estaba deseando salir del coche y le encantó encontrarse con una gran explanada de césped donde echar una carrera.

Para mí era raro estar en Cambridge y no estar con Alex y con Estela, la verdad, pero ya iremos a verles a Munich. Como no teníamos guías, nos fuimos a la oficina de turismo, a que una señora sin ganas de trabajar me vendiera un plano por 2£ y no me diera ninguna explicación (cuando había otra contándoles un montón de cosas a otras turistas). Nos fuimos a hacer la ruta marcada en el plano, que nos dio un paseo por la zona histórica de la ciudad. 

El centro histórico de Cambridge es muy pequeño, pero muy cuco. Mucho edificio antiguo, con todos los college universitarios que, evidentemente, luchan por ver cuál es el más antiguo. Eso sí, el vecino tenía razón: en Cambridge hace un frío de la leche (según él, porque no hay ninguna montaña que les separe de Rusia). Comimos junto al río Cam y uno de sus puentes, en un pub dogs friendly con un servicio tan lento que casi pedimos también la cena.

La tarde en Cambridge nos llevó a dar un paseo junto al río, por una pasarela de madera que no sé yo, y a pasar junto a una iglesia redonda y un montón de college cerrados. Adri no se quiso comprar un sombrero y una capa, a pesar de que yo le dije que iba a quedar muy british todo, así que nos fuimos yendo hacia el parking, que ya anochecía y todavía teníamos que volver a Watford. 

Al llegar, terror: no teníamos plaza de aparcamiento; y es que esta calle es o zona azul o sólo residentes, pero delante de la casa hay un par de plazas de aparcamiento que normalmente usan los vecinos de arriba porque Kike y Dácil no tiene coche. Esa mañana había ido yo a pedirles que nos tenían que dejar el hueco el fin de semana y nos habían dicho que ningún problema. Pero al llegar, ahí estaban los dos coches aparcados y nadie en casa. Los vecinos de al lado, los que cuidan a Eme y nos invitan a tomar el té, nos habían ofrecido la suya y aparcamos ahí, pero no nos hizo ninguna gracia.

Hoy el día ha amanecido lloviendo. Mucho. He cogido yo el coche porque tenía que probar lo de conducir por el otro lado. No ha sido tan difícil como yo creía que iba a ser; imagino que en parte porque ayer ya me acostumbré a ir por el otro lado y en parte porque tenía las expectativas muy altas. Siempre te dicen que hay que cambiar el punto de vista, espejándolo, pero lo cierto es que no todo está espejado: ni los mando del volante, ni las marchas, por ejemplo (esto es, la primera no es la que está más pegada a mi pierna sino la más alejada). La que más ha sufrido ha sido mi mano derecha, que se ha llevado varios golpes contra la puerta cuando he intentado cambiar de marcha, hasta que me he hecho a la idea.

El destino era Oxford y la ruta más sencilla que ayer, porque en seguida se cogía la autopista. A pesar de haber ido gran parte del camino por la M25, lloviendo, no nos hemos atascado (¡chúpate esa, Crowley!). Eso sí, el firme drenante, que ayer me molestaba muchísimo por el ruido que hacía, hoy lo he considerado algún tipo de bendición. Aún con la lluvia constante, estaba seco. Recordadme que le ponga una vela a Santo Domingo de la Calzada cuando vuelva a España (pista: no).

Habíamos reservado una visita guiada por la ciudad a la 1, así que nos daba tiempo a dar una vuelta. Pero la lluvia, no muy intensa pero de ese tipo que en España llamamos calatontos, y las baldosas mal puestas nos han dejado empapados en breve, así que nos hemos ido al museo de historia natural donde, como gran curiosidad, conservan una pizarra escrita por Einstein. Pero el edificio es muy bonito y la colección de trastos antiguos es muy interesante. De ahí nos hemos ido de cabeza a la visita, cuya que nos ha dado una vuelta por la universidad y nos ha hablado de lo que es el elitismo y el tráfico de influencias (sin ella saberlo): la mitad de los primeros ministros que ha tenido Reino Unido han estudiado en Oxford. Pero también nos ha contado acerca de los sótanos de la biblioteca Bodleian, que recibe una copia de cualquier libro publicado en UK (llegan los miércoles) y hemos entrado a uno de los College más antiguos (data del sigo XIII).

Yo quería ir a comer Chicken Pie a The White Horse y allí hemos quedado con una amiga granadina que reside desde hace años en UK gracias a la política de empleo estable en el ámbito sanitario de las Comunidades Autónomas. Típico pub inglés donde hemos comido estupendamente, nos hemos calentado y nos han echado amablemente trayéndonos la cuenta sin haberla pedido. Aunque ya no llovía, nos hemos ido a otro pub, The Eagle and Child, porque hoy 3 de enero es el cumpleaños de Tolkien y es ahí donde se juntaba con CS Lewis y compañía a beber y hablar de literatura. Brindis por el profesor con un vino caliente especiado que nos ha sentado estupendamente y a casa, que el ticket del parking se terminaba y había que volver.



Evidentemente, los vecinos han vuelto a olvidarse de dejarnos el sitio (y no estaban)... pero en fin. Mañana nos espera un viaje a los Cotswolds y el lunes volveremos a Londres a despedirnos. 

¡Un beso y feliz año!

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