24 mayo, 2004

Seguridad en Madrid

Hoy cuando ha llegado mi madre del cole nos ha contado una historia. Uno de sus chicos, Juan, acompañado de sus padres, tenía este sábado, en Madrid, que asistir a una comunión. El viernes el padre de Juan le decía a mi madre, en broma, que iban a la boda. Hoy le contaba que había sido lo previsible: muchísima gente al entrar a Madrid, atascos, etc. Evidentemente, ellos no tenían que ir al centro de Madrid para nada. La comunión fue bien, pero, estando en la calle, un motorista le dio un tirón del bolso a Alicia (madre de Juan y ex-profesora mía de inglés en el instituto), robándoselo, evidentemente. No consiguieron encontrar a ningún policía por la calle para que les ayudara, aunque fuera, a encontrar la comisaría para poner la denuncia. Absolutamente toda la policía estaba en el centro. Protegiendo a dos personas que iban en un coche blindado rodeados de motoristas. Y mientras, en el extrarradio, acampaban raterillos impunemente.

Realmente, las imágenes de la boda son dantescas. La cantidad de policía que había era exagerada. Ayer, en El País de papel, venía una foto de Gran Vía, tomada longitudinalmente. Se veía un muro de policía. Me recordó a mis clases de urbanismo: para crear la falsa impresión de que hay un muro de árboles y conseguir que los coches vayan más despacio, hay que situar los mismos cada 5 metros o menos. El sábado igual. Para dar la falsa impresión de que la seguridad era total, no había más que poner muchos policías todos juntos. Y digo para dar la falsa impresión porque resulta que después de todo lo que nos habían contado, un coronel del ejercito de tierra consiguió colarse en la Almudena sin más invitación que su uniforme. Y está confirmado. Telecinco ha mostrado las imágenes del susodicho coronel entrando en la catedral. Según el, llevaba un revólver encima. Y ya estaban prácticamente todos los invitados dentro.

Otra cosa, la boda fue tan seguro, que la blindaron. Y la blindaron de tal manera que yo creo que la gente no consiguió realmente disfrutarla. Yo vi la entrada de los invitados a la catedral para, en mi afán de cotillear al máximo (como todos), poder ir criticando a todos (Bono, ¿dónde te dejaste a Blanjjjquita?). Pero fue demasiado aséptico todo. Luego, viendo la repetición interminable de imágenes en la televisión, se veía una boda triste. Normal, yo no querría casarme con 250 francotiradores vigilándome. Sí, porque por mucho que les llamase tiradores de élite, no eran otra cosa que francotiradores. Y si a eso se le suman los policías en los alcantarillados, en las aceras, reteniendo a la gente, que no pudieran pasar, en helicópteros, con 4 F-18 preparados por si, quién sabe, a algún morito o a algún etarra se le ocurría coger un avión de combate de alguna parte y liarse a tiros con el Rolls Royce de blanco móvil. Por cierto, ¿alguien se fijó en que el Rolls de marras llevaba el volante a la derecha? Tanta supuesta exaltación de lo español en la figura de la monarquía y nos cuelan un coche inglés.

En fin, que después de tanta disgregación, sólo digo una cosa: Qué poco vale la vida de mucha gente, y qué barbaridad vale la vida de unos pocos. Unos pocos a los que, además, me atrevo a darles varios adjetivos: sinvergüenzas, represores, tiranos, borrachos, machistas, y un largo etcétera del que sería difícil salir sin echarse a llorar.

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