- Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez. [9/10]
Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de 20 casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo
- Blanca vuela mañana, de Dulce Chacón. [7/10]
Lo regalé y ahora no puedo poner un fragmento.
- Háblame, musa, de aquel varón, de Dulce Chacón. [7/10]
- Necesito gritar - dijo apretando los puños.
- Pues grita, aquí nadie podrá oirte.
El grito de Matilde retumbó en los muros de roca. Un alarido. Una queja. Por su boca abierta escapaba de golpe todo su desasosiego. Ella sentía en sus labios el roce de su aullido al salir.
Ulises la escuchaba sin alarmarse, buscó sus manos y encontró sus puños cerrados. Matilde abrió los dedos y los entrelazó a los de Ulises, apretaron los dos y el comenzó también a gritar.
- La lluvia amarilla, de Julio Llamazares. [8/10]
El tiempo acaba siempre borrando las heridas. El tiempo es una lluvia paciente y amarilla que apaga poco a poco los fuegos más violentos. Pero hay hogueras que arden bajo la tierra, grietas de la memoria tan secas y profundas que ni siquiera el diluvio de la muerte bastaría tal vez para borrarlas. Uno trata de acostumbrase a convivir con ellas, amontona silencios y óxido encima del recuerdo y, cuando cree que ya todo lo ha olvidado, basta una simple carta, una fotografía, para que salte en mil pedazos la lámina del hielo del olvido.
- Los estados carenciales, de Ángela Vallvey. [8/10]
-¿Y qué me decís del sexo oral? -pregunta. Mira de forma pícara una por una a sus amigas, y por último a Penélope.
- ¿Anal? -Valentina se toca la nariz, despistada.
- No, oral, oral, oral. Sexo oral.
- ¿Sexo oral? ¡Válgame el cielo! -Aglae arruga el ceño y sus pupilas se contraen felinamente-. Para el bestia de tu marido seguro que sexo oral quiere decir hablar un poco del tema antes de entrar al ajo. Algo así como: "¿Eufrosina, qué te parece si te la meto?". Para Eugenio eso es sexo oral, ni más ni menos.
- Bueno, pero...
- Para eso no necesitabas hacer papiroflexia con tus labios mayores y menores -asiente Talía.
- Lleváis razón -dice Valentina-, estoy totalmente de acuerdo.
- Cristo bendito... -Penélope vuelve a dar un trago. Ya casi ha terminado su copa. Podría beberse otra. O dos.
- Pero... y si una tiene una aventura, y si una encuentra a alguien que quiera practicar con una el sexo oral de verdad.
- Yo detesto francamente el sexo oral. De verdad.
- ¿Por qué?
- Bueno, no todo. Puedo soportar que un hombre me haga un cunnilingus, pero después de nuestra malidta revolución sexual... ah, ya no. Ah, no. Ni hablar. Ya tuve bastante en su día -Aglae mueve la cabeza a un lado y a otro-. Nunca me gustó ser una chupapollas. Odio las felaciones con toda mi alma. En realidad, siempre las he odiado, incluso entonces, cuando era revolucionario hacerlas y todas nos sentíamos obligadas a decir lo mucho que nos gustaba. Las odio.
- ¿Y eso?
- Figúrate. Sólo ver un pelo en el plato de la sopa ya me pone histérica.
14 agosto, 2004
He leído últimamente...
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