17 agosto, 2004

Rayuela, capítulo 68 (Julio Cortázar)

Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaban en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente sus orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, la esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentían balparamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias.

OoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoO

Este capítulo, deliciosamente absurdo, pero clarísimo para quien sepa leerlo, me ha recordado, inmediatamente, a Alicia, detrás del espejo. A su Jabberwocky, como lo llamó Lewis Carroll, con múltiples traducciones al castellano. Yo conocía la de Galimatazo. Pero en esta página tenéis muchas traducciones, tanto otras en español, como en muchos más idiomas. No hace falta entenderlo. En el Galimatazo, como el capítulo 68 de Rayuela, lo importante es la musicalidad.

No hay comentarios: