09 septiembre, 2004

Cielos de barro, de Dulce Chacón.

Federico fue fusilado a la mañana siguiente. Y su viuda siguió el consejo de Felipe. Abandonó el país uniéndose a los vencidos en su huida, sin entender muy bien por qué debía marcharse, aumentando la larga fila de hombres y mujeres que se protegían del frío envueltos en mantas. Una extensa caminata, inexplicable, urgente e imprevista, la aguardaba. Atravesó a pie la frontera con Francia, ignorando las causas que habían llevado a su marido al paredón, confusa, desorientada y perpleja, con la más pequeña de sus hijas en una mano y cargando en la otra un bolso de viaje donde la premura le hizo guardar apenas algo de ropa, sus joyas y unas cuantas fotografías. Caminó detrás de su sirvienta, que llevaba a sus otras dos hijasde las manos y un fardo en la cabeza como único equipaje, una manta anudada en sus extremos, con sus excasas pertenencias y dos panes y un queso en su interior. Doña Ida acompañó la marcha de los hombres y mujeres que caminaban junto a ella en un silencio tristísimo. La derrota arrastraba carros rebosantes de enseres, los que los fugitivos habían podido cargar, donde aupaban a los niños coronando con ellos baluartes de colchones. Algunos padres conducían a sus hijos de la mano, y otros llevaban a hombros a los que no podían caminar.

[8/10]

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