Muere lentamente quien se transforma en esclavo del hábito repitiendo todos los días los mismos trayectos, quien no cambia de marca, no se atreve a cambiar el color de su vestimenta o bien no conversa con quien no conoce.
(Pablo Neruda, 1904-1973)
Y es que siempre he odiado esa inmovilidad, ese no salir de la monotonía, de la rutina que en muchas ocasiones, y sin que nos demos cuenta, nos inunda e invade nuestra vida. Ese ir a trabajar todos los días, por el mismo sitio, a la misma hora, tomarse un café, en la misma máquina, sabiendo que a las 10.30 salen los demás, volver a casa, comer algo, echarse la siesta, ir a estudiar, al mismo sitio, la misma biblioteca, con la misma gente, echarse otro café, de otra máquina, mejor o peor, volver a casa, ver el telediario, conectarse a internet, acostarse, leer un rato, apagar la luz, a dormir que mañana, más de lo mismo.
Ahora vivo así, con la excepción de que, en vez de ir a la biblioteca, me quedo en casa sentada delante del ordenador con el proyecto de fin de carrera, que crece renqueante entre mis manos. Llega el fin de semana y me quedo en casa, sentada, para conseguir terminar, a duras penas, como sea, el pfc para la entrega de diciembre. Y salgo el lunes por la mañana, camino del trabajo, a la misma hora, por la misma ruta, me paro a ver a perros y gatos de la tienda de animales, sigo andando, entro a la escuela, saludo a los bedeles, subo en el ascensor, despacho vacío, encender el ordenador, y etc, etc, etc.
Sé que son un par de meses, que dentro de poco volveré a tener algo de tiempo para mí, fines de semana incluídos, y ya ando planeando millones de cosas, para romper la rutina, la inmovilidad que me ata a esta ciudad. Que nunca me ha gustado, nunca he querido vivir así, necesito tomar decisiones que me hagan sentir un cosquilleo en el estómago. De esas aparentemente absurdas, que tomo precipitadamente, como volverme antes de Madrid, porque si son las 8.30 de la mañana y no me acosté aún... me voy a Atocha, cojo el primer AVE de vuelta y ya me acuesto en mi casa. O me apunto a ultimísima hora a un viaje organizado por la escuela, aunque sólo pueda asistir a la mitad y tenga que volverme en tren.
Liarse la manta a la cabeza... la sal de la vida. Sería incapaz de vivir atada a la necesidad de pensar millones de veces cosas que no son trascendentales, sin reaccionar e inmóvil, sin salir y sin hacer cosas inesperadas.
[Por cierto, la frase de Neruda está sacada del blog de Peluche]
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