02 febrero, 2007

Diarios de las estrellas, Stanislaw Lem

En el smial de Hammo tenemos desde hace unos meses una actividad consistente en un debate literario. Una vez al mes, alguien propone un relato de poca extensión (todos tenemos mucho que leer y poco tiempo), y en la segunda reunión de cada mes, se comenta. En enero me ofrecí yo a moderar el debate, y elegí uno de Lem, el Viaje séptimo. Relato delicioso donde los haya, te echas unas risas.

Este relato está incluido dentro de un libro de relatos llamado Diarios de las estrellas donde el protagonista, Ijon Tichy, cuenta sus peripecias por el espacio. Uno de los que más me gusó fue el Viaje octavo, al cual pertenece el párrafo siguiente. La historia: Ijon Tichy es designado delegado de la Tierra en la Organización de Planetas Unidos, concretamente, en la reunión donde los tarracanos van a proponer que la Tierra forme parte de esta Asamblea Planetaria. Lamentablemente, el experto tarracano en asuntos terrestres ha sido requerido para volver a su planeta, y la persona que le substituye no tiene mucha idea de la historia terrestre, por lo que decide informarse interrogando a Ijon Tichy. He aquí el diálogo:
—Bien. Así pues, pronunciaré un discurso, dando relieve al alto nivel de sus logros, que les hacen dignos de tomar parte en la Federación Astral... Es, ya me entiende usted, una especie de formalidad un tanto antigua; no prevé usted ninguna manifestación contraria, ¿eh?
—No..., no creo —musité.
—No, seguramente. ¡No se dará el caso! Una formalidad, como dije, pero, en cualquier caso necesito unos datos. Hechos, detalles, ¿me entiende? Por cierto, disponen ustedes de la energía atómica, ¿verdad?
—¡Oh, sí! ¡Claro!
—Perfecto. Ah, es verdad, lo tengo aquí, el presidente me dejó sus apuntes, pero su letra, hm, pues... ¿Desde hace cuánto tiempo?
—¡Desde el seis de agosto de 1945!
—Muy bien. ¿Qué fue esto? ¿La primera estación energética?
—No —contesté sintiendo que me ruborizaba—, la primera bomba atómica. Destruyó Hiroshima...
—¿Hiroshima? ¿ES un meteorito?
—No, una ciudad.
—¿Una ciudad? —dijo, ligeramente inquieto—. ¿Cómo podremos decirlo...? —meditó un momento—. Mejor no decir nada —decidió de pronto—. Bien, bien..., en todo caso, me hace falta algo de lo que ustedes pudieran sentirse orgullosos. Hágame alguna sugerencia. Dése prisa, estamos llegando...
—E... e... vuelos cósmicos —empecé a decir.
—Esto es obvio. Si no los hicieran, no estaría usted aquí —observé con una viveza un poco excesiva para mi gusto—. ¿A qué dedican la mayor parte de la renta nacional? Trate de recordar alguna enorme empresa de ingeniería, la arquitectura a escala cósmica, rampas de lanzamientos de naves a base de gravitación solar, alguna cosa por el estilo —me sugería, pendiente de mi contestación.
—Si, sí, se construye, se construye —dije por decir algo—. El presupuesto nacional no es muy grande, se gasta mucho en armamentos...
—¿Armamentos de qué? ¿De los continentes? ¿Contra los terremotos?
—No... del ejército... de las tropas...
—¿Qué es esto? ¿Un hobby?
—No, un hobby, no... Conflictos interiores —farfulló
—¡Esto no sirve para una recomendación! —dijo, despectivo—. ¡Supongo que no vino usted aquí volando directamente desde las cavernas! ¡Los científicos terrestres deben de haber calculado hace tiempo que una colaboración interplanetaria es más provechosa que la lucha por el botín y la hegemonía!
—Lo han calculado, lo han calculado, pero hay motivos... de naturaleza histórica, señor.
—¡Dejémoslo! —dijo—. Mi misión no consiste en defenderles aquí como a unos reos, sino encomiarles, recomendar, nombrar sus méritos y virtudes. ¿No lo comprende?
—Lo comprendo.
[...]
—Hablare más bien de cultura. Del gran nivel que tiene. ¡Porque tienen cultura, ¿no...?! —me espetó de pronto.
—¡Claro que tenemos! ¡Y magnífica! —le aseguré.
—Eso está bien. ¿El arte?
—¡Sí, sí! Música, poesía, arquitectura...
—¡Ya ve! ¡Lo de la arquitectura es muy importante! —exclamó—. Tengo que apuntármelo. ¿Medios explosivos?
—¿A qué explosiones se refiere?
—Bueno explosiones creativas, dirigidas y controladas para la regulación del clima, desplazamiento de los continentes y lechos de los ríos... ¿Hacen ustedes estas cosas?
—Por ahora, sólo hacemos bombas... —dije, y añadí en voz baja—: Pero tenemos muchas clases de ellas: las de napalm, de fósforo, hasta las hay con gases tóxicos...
—No me interesa —dijo secamente—. Probemos con la vida espiritual. ¿En qué creen los terrestres?
[...]
—Creemos en la fraternidad universal, en la supremacía de la paz y la colaboración sobre la guerra y el odio, consideramos que el hombre debe constituir la medida de todas las cosas...
El tarracano puso un pesado tentáculo sobre mi rodilla.
—¿Por qué el hombre? —dijo—. No, mejor que lo dejemos. Pero todas sus creencias son negativas: negación del odio... ¡Por el amor de las nebulosas! ¿No tienen ningún ideal positivo?
Me parecía que en el vehículo faltaba el aire para respirar.
—Creemos en el progreso, en un futuro mejor, en el poder de la ciencia.
—¡Por fin hay algo! —exclamó—. Sí, la ciencia... no está mal, esto me sirve. ¿En qué ramo de la ciencia gastan ustedes más dinero?
—En la física —contesté—. En las investigaciones sobre la energía atómica.
—Ya veo. ¿Sabe qué le digo? Usted no abra la boca. Déjemelo todo a mí. Hablaré yo. Despreocúpese. ¡Animo!

Esto es sólo una pequeña muestra del talento narrativo de Lem. Aunque no he leído toda su obra, la experiencia ha sido francamente buena, y en concreto Diarios de las estrellas hace pasar unos ratos francamente divertidos.

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