Si algún día llegara a bailar profesionalmente, aunque fuera en la sala cultura de una ínfima municipalidad de provincias, no exigiría un honorario. La gratitud era el triunfo del arte sobre los bellacos que traficaban muerte y fealdad en todas partes. El comercio no tenía derecho a proteger a las artes.
Si Ángel Santiago quería acostarse otra vez con ella, significaba que no la conocía bien. Habían compartido algunas horas, un revolcón en la colchoneta, y la inspiró, con éxito, para que volviera a clases. Estas nimiedades, en su mundo tan vacío, constituían la relación más intensa que había tenido en años, si acaso en toda su vida.
Antes de que esa convivencia fuera inevitablemente molida por el desamor, la pobreza, la grosería en su vida que él ignoraba, el estigma de su silencio atónito que sólo en la danza se redimía, acaso más valiera echar ese incipiente amor al tacho de los desperdicios, como esa servilleta arrugada encima de la salsa del chopsuí. "¿Quieres que conservemos una dulce memoria de este amor? Pues amémonos hoy mucho y mañana digamos ¡adiós!".
[7/10]
1 comentario:
qué maravilla de texto.¿es toda la novela tan buena?
Raquel
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